Publicaciones

El silencio o la vida

José Antonio Martínez Coronel

Refiere Carpentier en La ciudad de las columnas que la calle cubana ha sido siempre bullanguera, y estoy muy de acuerdo, porque incluso el vocerío de un zoco tiene música que describe lo ecléctico del alma en su contexto social. Basta con leer todo lo escrito sobre nosotros desde la llegada de Colón para comprobar que el silencio no es parte de nuestra idiosincrasia. Sin embargo, dijo el más grande de los cubanos: “Deja el silencio una impresión de altura”, para agregar estos versos memorables: “el arroyo de la sierra / me complace más que el mar.” Porque cualquiera puede escuchar el sonido del mar, pero es necesario domeñar, aliviar, apagar, la bulla interior, para que esa voz del arroyo llegue, más que a nuestros oídos biológicos, a nuestros oídos espirituales, pues nuestros conflictos más profundos transcurren al otro lado de las palabras, un océano de sensaciones entrecruzadas, identidades auténticas o transitorias, recuerdos individuales y colectivos, de los que generalmente no estamos conscientes y casi determinan nuestras decisiones. A veces, cuando mejor me siento, me preguntan si me pasa algo,  porque permanezco callado. Me gusta pasear por la calle Beneficencia al atardecer, cuando los sonidos de voces, perros, radios, automóviles, estructuran un todo que armoniza con el movimiento de la hierba o las ramas de los flamboyanes, que parecen besar la tierra, con la silueta del pre Estados Unidos Mexicanos donde estudié y desde el que miraba la vastedad de lo innombrable, porque hay cosas que ningún idioma puede describir. Recuerdo entonces lo que dijo Morehei Ueshiba, el fundador del Aikido: “Observa cómo fluye el agua en el arroyo de un valle, suave y libremente entre las rocas. Aprende también de los libros sagrados y de la gente sabia. Cada cosa –incluyendo ríos y montañas, plantas y árboles- debería ser tu maestro.”Recuerdo nuestro largo camino desde que África entró en España, y los conquistadores, sincretizados, llegaron a Cuba; nuestro sendero del son sustanciando contradanzas, danzas, danzón, habanera, danzonete, mambo, filin, chachachá, Nueva Trova, salsa, timba, la música que nos describe, y me asombra hasta qué punto gusta ahora el reguetón por encima de cualquier ritmo que nos identifique a nivel mundial. Me asombra y preocupa, porque es esa preferencia la que más contribuye a la contaminación sonora, moral, de nuestros pueblos y ciudades, de calles bullangueras, cierto, pero en las que antes no existían los equipos electrodomésticos que hoy permiten pulular los radio-barrio con los que cualquier vecino se cree en el derecho de violar el respeto a la privacidad de los demás imponiendo un mal gusto que a la Ma Teodora, Manuel Saumell, Ignacio Cervantes, Miguel Faílde, Sánchez de Fuentes, Aniceto Díaz, Pérez Prado, José Antonio Méndez, Enrique Jorrín, Benny Moré, mucho desagradaría por su mayoritaria pobreza estética y musical. No pido el preciosismo de Basho, con su poema antológico: “El viejo estanque. / Salta una rana. / Sonido de agua.” Sencillamente, sugiero la importancia de ser, para ser humanos, y escuchar nuestra voz interior en el silencio del Universo. Tal vez así podamos contribuir más en nuestros esfuerzos ecológicos, sociales, familiares, un Bushido de la vida cotidiana en el que Martí, como de costumbre, es faro: “La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza.”  Diciembre 22, 2007Güines